DE UNA MUJER A OTRA...
Las arrugas se dibujan en su rostro, marchito. Sus ojos son sólo el reflejo del sufrimiento, escrito con la pluma sagrada del Hinduismo. “Una viuda debe sufrir hasta que muere, debe ser comedida y casta”, dicen sus ojos. También lo dicen los versos sagrados. Pero su corazón ansía vivir, que no sobrevivir. Porque sobrevivir es algo que hacen instintivamente los animales. Y ellas, las viudas indias, son mujeres. Como yo. La diferencia es que yo he tenido la suerte de nacer en el primer mundo y ellas aún deben borrar el sufrimiento de sus rostros, quitarse los harapos blancos y dejar de llorar con Komala Ghosh, su apoyo emocional, para reír con ella.
Una viuda debe sufrir hasta que muere, debe ser comedida y casta; Una esposa que permanece casta tras la muerte de su esposo va al cielo; Una mujer que es infiel vuelve a nacer en el vientre de un chacal.
LEY DE MANU. CAPÍTULO 5, VERSÍCULOS 156-161.
TEXTOS SAGRADOS DEL HINDUISMO.
Picasso solía decir que la inspiración le llega al artista trabajando. Tras realizar varios viajes a la India pensé que ningún recoveco había escapado a mi objetivo entre sus vastos paisajes y gentes. Inmortalicé algunas de las escenas más bellas y a la vez más perturbadoras que había tenido ocasión de presenciar nunca. Sin embargo, no fue hasta que cayó en mis manos la Ley de Manu, algunos de los textos sagrados del Hinduismo, cuando me percaté de que tradicionalmente existe en el país asiático, desde tiempos remotos, un gran rechazo hacia las mujeres viudas. Poco se conoce en Occidente de la situación social y económica que viven estas mujeres en la India. Quizás por ello, al leer estos versos, sentí una necesidad imparable de descubrir cómo vivían estas admirables mujeres. Fruto de una especie de atracción por lo desconocido me embarqué en un viaje de descubrimiento. Mi destino, Vindravan, una pequeña ciudad situada a 150 kilómetros de Nueva Delhi.
Las penosas condiciones de vida de las viudas son las grandes desconocidas en Europa. Apenas existe información relativa a ellas y la poca que se publica en la red es desoladora, aterradora, desalentadora. Para mí era fundamental verlo de primera mano, así que finalmente me decidí a viajar el 28 de noviembre de 2008. Fue una especie de impulso natural el que me llevó a iniciar ese viaje, a dejar de lado las comodidades de mi vida en Madrid, para compartir con las viudas sus penas y luchar para que puedan llevar una vida digna. Allí nació el proyecto más ambicioso de mi vida: SOS MUJER.
Al llegar a Vindravan, me vi envuelta por un bullicio de gente. Empecé a caminar con mi maleta entre decenas de mujeres descalzas, ataviadas con harapos blancos. Se deslizaban como si de fantasmas se tratara, como almas en pena, distantes y cabizbajas, como manda la tradición. Sus rostros arrugados enmarcaban miradas perdidas, tristes, llenas de dolor y, a pesar de ello, reflejaban dulzura. Mi primer objetivo era buscar a Komala Ghosh, a quien se mencionaba en los pocos artículos que encontré sobre las viudas indias. La busqué por todo Vindravan durante tres días, hasta que finalmente la encontré. Una ardua y sorprendente tarea, ya que Ghosh había sido una reputada profesora durante muchos años. No obstante, desde hacía 40 años se dedicaba, como modesta ama de casa, a recibir a las viudas que necesitaran consuelo. Les prestaba su ayuda, les daba su cariño y lloraba junto a ellas por las noches, mientras le explicaban sus tristes historias.
Era una mujer curtida, aguerrida, con una voz grave que transmitía sosiego, quietud. “Esto es lo único que he recibido”, me contó, apenada, refiriéndose al título honorífico que hacía unos años el gobierno indio le concedió por su lucha por el cambio social entre las mujeres. Se hicieron la fotografía de rigor, pero, sin embargo, nunca más volvió a saberse de ellos. No invirtieron ni una sola rupia en ayudar a las viudas de Vindravan; ni una sola organización occidental se preocupó por ellas. Ni siquiera se reconoció la labor de Komala Ghosh, que por ayudar a estas mujeres vive repudiada por su marido y sus hijos, que no comprenden por qué lo hace, ya que la tradición ancestral prevalece sobre la legislación vigente. Sentada junto a ella me enseñó una caja con las viejas fotografías de todas y cada una de las mujeres que fueron a su casa a pedir ayuda, en muchas ocasiones con los cuerpos amoratados. “Muchas cosas tienen que cambiar, la excusa de la tradición ya no sirve, esto es simplemente explotación”, se lamentaba, profundamente indignada. De este modo nació una amistad entre una mujer del tercer mundo y una mujer del primer mundo. Nos unimos para empezar un proyecto común. El objetivo, que la situación de degradación que padecen las viudas indias, ese gran desconocido, quede relegado al olvido y, sobre todo, que los rostros de estas mujeres no se desvanezcan para siempre.
De Diana Ros a Komala Ghosh. Ésta es una carta de una mujer del primer mundo a otra del tercer mundo.

